Tren

Desde el fondo del vagón se escucha una canción, y alguien que sonríe al tararearla. El silencio acentúa de una forma tan exquisita su melodía que hace creer que fue grabada junto a los mejores editores.
Las mentes de los expectadores están tan centradas, tan distraidas en sus propios perfiles y problemas que apenas si reconocen el humilde sonido.
Afortunadamente para ellos, alguien- distraido- tamborilea los dedos al son de su voz. Un hombre levanta la vista y sonríe a una niña que con su muñeca juega mientras la madre lee.
Y allá, a lo lejos, alguien silba.
Nadie sabe de que va la canción porque no la recuerdan, no la escuchan. Siguen sus cuerpos instintivamente la melodia mientras sus mentes continúan en lo suyo entretenidas.
Y aún así pueden sentir cómo el alma se deja llevar, invitando a todo el cuerpo a eliminar tensiones y relajarse.
Sin embargo no todos se aninan con ello.
Alguien voltea.
Un sólo grito hace que el vagón vuelva a sumirse en silencio justo antes de llegar a destino.
Y una melodía que no se vuelve a escuchar.
Y la vida sigue.

Moscas en la cabeza

Mi jefe me dijo que tengo la cabeza llena de moscas, que no paro de creer y de soñar en cosas imposibles. Pero sin embargo doy por sentado que es él quien no sabe lo que hace y que teme, no lo imposible, sino lo importante.
Mi jefe estancó su alma en un trabajo, embargándola a cambio de grandes sumas de dinero y posesiones. Se hizo de una familia a la que jamás le importará realmente y se amoldó sin protesta a la costumbre y el bienestar.
Yo me sonrío pues parece venir de un manicomio: se precipita y rebalsa con cada problema y le hecha la culpa a mi tranquilidad para solucionarlo.
Se burla de mis relatos y yo me burlo de su hipocresía. Y mientras los dos creemos estar en el bando correcto continuamos dando marcha a esta histórica guerra fría.

Mi jefe me dice que tengo la cabeza llena de moscas. Y yo le digo que mejor son estas moscas libres sobre las paredes de cemento que lo recubren.

En la solitaria habitación de la casa más grande y antigua que conocí, una pobre y solitaria anciana con tantos nietos como estrellas podía contar, gritaba y rogaba al cielo una y mil veces por piedad, sin que nadie- ni el mismo Dios- pudiera o quisiera oírla, dejándola sollozar y pedir ayuda, con el sólo deseo de morir y terminar con el eterno sufrimiento de quien tan sólo se tiene de recuerdos del pasado. Los años la habían usado y resquebrajado, la habían hecho enfermar y renacer en su más certero lecho de muerte. Se lo habían quitado todo- ya fuera muy pronto o lo suficientemente tarde- pero lo habían hecho. Lloró tantas lágrimas en cada terrible momento que se presentó en su vida que ya ni eso le quedaba, tan sólo el peso y el dolor de los años acompañaban y avivaban sus quejidos, que retumbaban en el cielo aunque no podían llegar (o tal vez si, pero tan sólo no querían ser oídos) y tomaban fuerza en miles de porqués y súplicas que ya no recordaban la razón, ni el momento, ni el lugar ni la causa.dsc_0204
Y las paredes se colmaban de quejidos, y era falsamente visitada por cada familiar o por cada amigo (para alivianar culpas propias, sin recordar el dolor ajeno), y por cada doctor y enfermero de turno para revisar sus incontenibles e inevitables dolores. Fue por todos visitada menos por aquella a la que tanto ansiaba, aquella que todo se había llevado, y tantas jóvenes vidas había arrebatado de su lado pero que insistía en no volver a aparecer, insistía en dejarla un día más, y otro y otro, porque entre los quejidos no veía tanto sufrimiento a su alrededor, mucho menos la pesadumbre de un hijo con un dolor de esos que están tan abarrotados en el alma que esperan salir para no volver pero que nunca logran ser libres.

La egoísta e insensible muerte, que sin piedad nos lleva cuando más le tememos y sin piedad también nos deja, cuando más la necesitamos.

Escribime algo

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Escribir es una tarea solitaria que aún no aprenderemos a aceptar. Al escritor nadie lo busca, pero suelen buscarse sus libros y escritos. Nadie necesita sus caricias, aunque disfruten de cada palabra linda que él concibe, queriendo así saber siempre exactamente cómo es que se siente. Tampoco nadie le escribe, pues no creen poder hacerlo como él lo hace.
El escritor es sólo el secreto mejor guardado que esconde un libro y que pocos descubren. Es lo que está del otro lado, es ése alma solitaria que tanto sabe de los demás y que de tantas formas para ellos está sin que el otro pretenda siquiera ponerse en su lugar.
Es exagerado- más de lo suficiente- pues encuentra en su exageración la mejor manera de encarnar los sentimientos, los dolores. Te toma del brazo cuando comienzas a leer, y te encierra en su propio mundo con su arte. En un mundo en el que no existe el tiempo ni la realidad, un mundo en el que te modela a su manera y te hace sentirlo todo- si quiere- y a la vez no sentir nada, sentirte vacío. Y te lleva del llanto a la bronca, y de la bronca a la alegría, sin dejarte siquiera notarlo.
Tiene una sensibilidad oculta que jamás deja ver, que tan sólo pueden ver quienes ganen suficiente de su intrincada confianza, y se adentren en su mundo; que es sólo uno, pero tan maravilloso
Y se cree fuerte sin serlo… y no puede evitar engañarse… y no necesita nada más.
El escritor debe entender de una vez que no es ni jamás será parte de ése mundo que tanto lo excluye y al que más y más empeña en acercarse. Pero la verdad es que muchas veces lo es más que nunca, y otras simplemente no parece haber salido de él, pues lo observa y describe, pero tan desde lejos, que cada vez que intenta acercarse lo ve retroceder un paso más.

Soy inmune

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Soy inmune.
Soy inmune a la muerte y a la tristeza.
Soy inmune al dolor que recorre mis huesos con una lentitud aún más acelerada que la del frío. Y frena cada tanto, para hacerme recordar que sigue ahí y no en otro lugar como yo creo- como yo quiero- para apuñalarme con más precisión pero con menos clemencia.
Pero es que soy inmune.
Soy inmune a la suerte al parecer, que me esquiva como si de tan sólo un juego se tratase, en el que todos la encuentran cuando yo la pierdo, en el que todo lo que tengo no lo quiero y todo lo que quiero no lo tengo. Pero ninguna de las dos cosas necesito
Pues soy inmune.
Soy inmune. Soy inmune y me tomo un mate para calmar este dolor que sigue avanzando y lo hace porque lo sabe, porque sabe que soy tan inmune a él- o que pretendo siempre serlo- que voy a terminar cayendo.
Soy inmune y soy repetitiva. Y puedo ser tan vulnerable como jamás imagine, también.

La religión del gato

dsc_3172Una multitud de ratones se congregó a ver el escenario que el gato planteaba. Temían hacerlo, pero sabían que debían hacerlo juntos pues sería más difícil para él hacerles frente si eran una gran cantidad.
El gato les prometía haber cambiado, les prometía haber conocido la verdadera felicidad, y les pedía lo dejen predicarles su palabra.
En un principio se les hizo prácticamente imposible creerle todas aquellas justificaciones que para ellos parecía una burla. Algunos se rieron de él, creyendo que estaba loco; pero la verdad fue que la gran mayoría temió que mintiera, pues eso solía hacer el gato.
Sin embargo después de un largo tiempo de súplicas por parte suya y horas de razonamiento colectivo, los ratones decidieron creerle y comenzaron a escucharlo.
Su primer sermón los atrajo a todos: el gato parecía finalmente tener sentimientos y preocuparse por ellos, realmente había cambiado. Los ratones se volvieron sus súbditos, creían fielmente cada palabra que les decía y lo adoraban desde sus palcos.
El gato escondía un secreto al finalizar cada sermón. Sabía que entre millares de ratones jamás notarían la ausencia de uno, de dos, o de los que su antojo precisara; por lo que cuando todos los ratones se retiraban, extasiados de rezar, tomaba al último. Cada noche hacía lo mismo y así se alimentaba- a duras penas, pero lo hacía cada noche y eso lo satisfacía lo suficiente.
Nadie notaba la ausencia de los últimos ratones de cada sermón y, aunque lo hicieran, creían fielmente que se habían alejado para huir a un lugar mejor, el lugar que el gato les prometía existía y los esperaba a todos al final del camino. Adoraban su palabra, pues él era el pródigo que había vuelto del pecado para guiarlos a un lugar mejor; mientras él alimentaba egoístamente su estómago y continuaba dándoles una razón para dejar de sentirse presas, y pasar a sentirse iguales entre ellos, pero sobre todo iguales a él.

Mis amigos se viven muriendo

DSC_1157.JPGNo pasó mucho tiempo desde que nos reuníamos a hablar de fútbol y mujeres mientras chupábamos unas cervezas.
Y todo fue progresivo. El primero debió de hacernos a un lado luego de tener una bebé, una hermosa niña que, aunque le alegró su amarga y solitaria vida, lo fue envejeciendo con una velocidad desmedida.
El siguiente, nuestro más fiel amigo, animador de todas las fiestas, con quien vivimos nuestras mejores resacas, consiguió irónicamente lo que nos dieron a conocer como trabajo estable, y su tiempo y energía se acortaron hasta parecer tan sólo un punto en el abismo.
Con el tercero fue un poco más repentino, la muerte, la que a todos llega, lo sorprendió una mañana tomando a su padre y lo encerró entre las paredes del miedo y la depresión. No volvió a ser el de antes.
El cuarto y último de ellos, contrajo una fuerte enfermedad que le quitó el tiempo, el hambre, la energía y el cabello; por lo que ya no se sintió atraído por la irresponsable  vida que veníamos llevando y se hizo a un lado.
Mis amigos viven muriendo, pues ya no sonríen como antes y viven preocupados, apagados. Mueren todas las noches y despiertan como muertos en las mañanas para entregar su alma a los primeros compradores. Usan trajes y corbatas, hacen tareas hogareñas y se tiran por horas a lamentar la vida.
Mis amigos viven muriendo. Mis amigos ya no viven. Mis amigos jamás morirán porque la muerte los tomó en vida.